Temas Históricos-sex
Pompeya: prostitución y placer
“El amor disminuye la capacidad de pensamiento racional y es algo ridículo”. Éste es el pensamiento que predominaba en la sociedad romana, motivo por el cual, en su contrapartida, el sexo ganaba terreno frente al enamoramiento y la vida dedicada, única y exclusivamente, a la pareja. Tal vez, fruto de ello es la gran muestra de pinturas y escenas eróticas que nos ha quedado como herencia en el archivo histórico de la Humanidad. Una prueba gráfica e inequívoca de ello es la ciudad de Pompeya, sin duda, un lugar donde la práctica sexual ocupaba un papel significativo para su sociedad y para sus habitantes, incluidos sus emperadores.
Grandes pinturas que rezuman sexo. Esculturas que muestran cuerpos desnudos, sin tapar los genitales. Objetos cotidianos, como lámparas o figuras decorativas, vestidas con formas fálicas, vello púbico o pechos femeninos. Penes esculpidos en paredes y suelos, a modo de flecha que señala una dirección a seguir. Casas repletas de habitaciones con camas realizadas en piedra y grandes salas, donde aún puede palparse la atmósfera de las orgías multitudinarias...
Todo esto puede encontrase en Pompeya, aparte de una gran riqueza arqueológica que revela las costumbres y el modo de vida de sus gentes (a pesar de que, el pasado noviembre, fue noticia por el derrumbo del Domo de los gladiadores, un edificio de más de 2.000 años de antigüedad). La ciudad, que quedó sepultada tras la erupción del volcán Vesubio, es una de las que mejor se ha conservado de la época romana, gracias al efecto embalsamador de la ceniza. Y con ello, ha quedado inmortalizada, en la riqueza histórica, un increíble escenario que sigue vivo, que continúa hablando en latín, que todavía permite sentir, en nuestra propia piel, las tareas diarias de los pompeyanos y pompeyanas de la época.
No hay duda de que, una de las actividades más realizadas o, al menos, a la que se le otorgaba una importancia considerable, era la práctica sexual, más concretamente, la del sexo previo pago. Tras numerosas excavaciones, los historiadores han ubicado, en la ciudad antigua de Pompeya, una gran cantidad de puntos donde se ofrecían estos servicios, a cambio de dinero. Lugares como tabernas, hoteles o casas privadas están provistos de numerosas habitaciones, con camas realizadas en obra vista, numerosos frescos decorando sus paredes desde el pasillo de entrada e, incluso, pequeñas ventanas que ofrecían a los morbosos mirones una pequeña muestra de lo que estaba sucediendo en el interior de la estancia. Además, es el lugar donde reside el primer prostíbulo conocido, el edificio más similar a lo que hoy entendemos por burdel: El lupanar.
Se trata de una construcción de dos plantas ubicada cerca del foro y del mercado, en pleno centro de la ciudad, cuyo pasillo de entrada está pintado con dibujos de escenas sexuales que daban acceso a cinco habitaciones con, únicamente, una cama en su interior. Sus paredes están repletas de nombres de chicas, seguramente, todos ellos, falsos. En el piso superior, sólo había una gran sala, sin ornamentaciones artísticas. Una estancia donde debían celebrarse las reuniones en grupo, tal y como muestran algunas pinturas de orgías multitudinarias que perviven en el universo pompeyano.
La legislación de la prostitución, por algunos de sus gobernadores -con los correspondientes impuestos que los que la ejercían tenían que pagar- así como algunas prácticas que se conocen de otros de ellos, indican que el mercado del sexo estaba presente en Pompeya, incluso entre la élite social, como ha continuado y continúa siendo en la mayoría de ciudades del mundo.
Fornicar está permitido
No obstante, en general, durante las distintas épocas en las que vivió Pompeya, antes de su incineración, imperaban los conceptos cristianos del matrimonio y del adulterio. La práctica sexual fuera de la pareja quedaba penada moralmente, incluso llegó a considerarse delito, durante el mandato de Augusto. También en esa época, empezaron a registrarse las prostitutas y se ideó un código de vestimenta que tenían que cumplir, como utilizar una túnica de color marrón rojizo, llevar el cabello teñido, o en su defecto, colocarse una peluca amarilla. Además, cada una tenía su distinción, en función del lugar donde ejercía sus tareas profesionales y según los clientes con los que trabajaban.
Y es que, en el mundo real, aunque el adulterio estuviera penado, la necesidad libidinosa del género masculino (también del femenino) debía satisfacerse de alguna manera, hecho que, al parecer, no estaba tan mal visto si era con una mujer que no estuviera casada. El político y escritor Catón el Viejo sentenciaba: “Es bueno que los jóvenes poseídos por la lujuria vayan a los burdeles en vez de tener que molestar a las esposas de otros hombres”. Catón los animaba a que fueran a la casa de citas a fornicar, verbo que proviene de la palabra fornices. Según el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas, fornicar proviene del latín fornicare, es decir, “tener comercio carnal con una prostituta”. A su vez, el verbo deriva de fornix, -icis, un “lugar en forma de bóveda”, a modo de “lupanar”, donde las profesionales del sexo daban servicio a sus clientes. Éstos se encontraban en las calles de las ciudades, semiocultos bajo arcos de obra que bien podían unir dos callejones o únicamente estar entrados, arquitectónicamente, en la parte inferior de algún edificio.
De cualquier manera, la prostitución existía, como debía existir en cualquier ciudad romana; y también había hombres que practicaban esta actividad, mientras que sus servicios eran demandados tanto por hombres, como por mujeres. Incluso hay constancia de que era practicada por sus emperadores y gente de poder. Calígula creó un prostíbulo dentro del palacio imperial, donde trabajaban mujeres, hijas e hijos de mujeres de las clases más altas. Nerón acudía a burdeles públicamente y celebraba orgías de alto nivel para los aristócratas de su corte. El historiador Máximo, el 52 a.C., se quejaba en sus escritos de una fiesta organizada por un terrateniente para buscar la aprobación de sus magistrados, donde “los cuerpos agradecían avergonzados y destinados a ser objeto de la lujuria y el alcohol”.
Sexo en todas partes
Al pasear por las calles de Pompeya, se pueden encontrar muchos símbolos relacionados con el sexo. En la calzada y en la pared de algunos edificios se visualizan baldosas con un falo en relieve. Según el documental Sexo en el mundo antiguo. Pompeya, en Canal Historia, éstas podían bien ser indicaciones -a modo de señal- que marcaban lugares donde podía disfrutarse, de diferentes maneras, de la práctica o del comercio sexual.
Pero, del mismo modo, en la entrada de una panadería, había una inscripción, ilustrada con un pene que decía Hic habitat felicitas (La suerte reside aquí). El falo también era augurio para la buena suerte, “como auspicio de reproducción de la vida humana”, según la obra Pompeii, La historia, vida y arte de la ciudad quemada, editado por Marisa Ranieri Panetta. Esto explicaría la gran presencia de símbolos y representaciones eróticas y viriles en tantas de sus construcciones.
Las muestras artísticas pompeyanas incluyen también numerosas pinturas, con posturas y situaciones donde se realiza, en diferentes formas, la práctica sexual. Así, se encuentran escenas de parejas practicando distintas posturas, grupos de personas disfrutando de sus cuerpos desnudos y cuadros que muestran dos mujeres acariciándose o dos hombres contemplando sus genitales.
En la parte norte de la ciudad, se encuentra La Casa del centenario que, según el libro de Ranieri, “tuvo una sucesión de diferentes propietarios [como] Claudius o Rustius Verus, ambos famosos merchantes y políticos, y también productores de vino”. Dentro de dicha construcción se encuentra una estancia que se supone era el “cubículo/dependencia del procurador (propietario/amo)”, probablemente, una sala donde su propietario -y, en ocasiones, también su mujer- disfrutaba de largas sesiones de los placeres de la carne. Sus paredes están repletas de pinturas con escenas sexuales y, en una de ellas, hay una pequeña obertura arquitectónica, a modo de mirilla desde la que se podía observar, desde el exterior de la estancia, qué pasaba dentro de ella. Tendría la función de comunicarse con sus sirvientes y, a su vez, tal vez, la de que, éstos segundos pudieran satisfacerse como voyeurs, mientras sus dueños disfrutaban del sexo. Muestra de este voyeurismo son algunas pinturas que muestran a los esclavos cerca de la cama de sus dueños, o las puertas de las habitaciones entreabiertas para que cualquiera pudiera mirar y entrar, donde se estaba dando una reunión sexual.
El poeta Ovidio, en su obra Tristia, deja constancia de la presencia de estas muestras artísticas sexuales: “En nuestras casas, de igual modo que las figuras de los héroes históricos pintados por algún artista se muestran a plena vista, en algunos lugares, hay pequeñas pinturas describiendo posiciones eróticas y una variedad de abrazos”.
La moralidad del placer
Es posible que los habitantes de Pompeya vivieran el sexo de manera natural, tal vez, no más que como podamos vivirla actualmente. Pero, no en todas las épocas ni en todas las religiones, el sexo y el placer de la carne han sido vistos de esa forma, con un trasfondo positivo. De hecho, cuando Pompeya fue descubierta, tal y como explica el libro Pompeya, de Joanne Berry, “la sensibilidad de los primeros excavadores se vio tan vivamente afectada que el rey Carlos III dio la orden de que las piezas y objetos de arte erótico fuesen retiradas de las excavaciones y fuesen guardadas bajo llave”. Tiempo después, en 1817, se creó el “Gabinete Secreto” de arte erótico del Museo de Nápoles, como una especie de lugar especial, cuya visita estaba limitada a los hombres y para cuyo acceso se necesitaba un permiso expreso. También el lupanar pompeyano se resintió de la amoralidad del sexo, cuando, en 1862, las autoridades sellaron su entrada y cubrieron sus frescos con escayola.
Pero, fue ya antes de que el Vesubio empezara a arder, cuando las representaciones explícitas de Pompeya comenzaron a censurarse. Unos trabajos arqueológicos revelaron que, tres años antes de la explosión del volcán, las pinturas de las baños públicos de la ciudad habían sido cubiertas con carbono. Y, es que, a partir del año 69 a.C, con el gobierno de Vespasiano, comenzó a pensarse que no era aceptable mostrar escenas tan explícitas en sociedad.
Prostitución, fiestas multitudinales comparables con el intercambio de parejas actual, esclavitud al servicio de los dueños acaudalados, orgías organizadas por los emperadores... Todo esto tenía lugar en la sociedad romana y, por defecto, también en la pompeyana. Gracias a la erupción del Vesubio, Pompeya ha quedado grabada en la historia, como muestra inequívoca de la práctica sexual en la vida del ser humano y esconde ya algunos de los eternos debates conservados hasta día de hoy, como el del negocio del sexo y la esclavitud, la estrecha relación entre la prostitución y el gobierno o la realidad del disfrute extramatrimonial. Los cuales, probablemente, continúen envueltos en un aura de misterio e incerteza, como cada una de las piedras que puede observarse al pasear por las calles de la ciudad napolitana.
EL LUPANAR
En el siglo XIX, concretamente en 1862, se descubrió el lupanar de Pompeya, un lugar donde circulaban y prestaban sus servicios las prostitutas de la ciudad. Estaba ubicado en la zona más antigua de la ciudad, cerca de los baños, tabernas y posadas. En su época, la prostitución no estaba prohibida, siendo los esclavos (de ambos sexos) de otros países, como Grecia, los que la ejercían. Éste era el único sitio que se dedicaba únicamente a la prostitución, a diferencia de otros lugares, donde también se ejercía pero que además prestaban servicio de posada, casas privadas o hosterías. En 2005, se inició la reconstrucción del lupanar, con una inversión de 250.000 dólares.
Cuando se sobrepasa la puerta del lupanar pompeyano, lo primero que destaca son las escenas eróticas que se encuentran sobre las puertas de entrada a cada habitación. Incluso, en una de ellas se puede observar una pareja practicando diferentes posturas sexuales, las cuales, según los expertos, estarían ahí a modo de catálogo inspirador de los clientes que utilizaban las dependencias del prostíbulo. Las camas, a su vez, estaban realizadas en ladrillo sobre los que se colocaban los colchones. Según cuenta la web
culturaclasica.org, en las paredes aún pueden encontrarse algunos mensajes que dejaban grabados los que asistían al lugar, tales como “fulano ama a sultana”. En el libro Pompeya de Joanne Berry, se citan otros ejemplos: “Febus el perfumista es el mejor follando” o “Aquí nadie ha conquistado a Victoria”.
El edificio tenía varias plantas, y en la superior, donde únicamente, había una gran sala, disponía de balcones que asomaban al exterior, desde los cuales, se cuenta que las prostitutas llamaban a los hombres que pasaban por la calle.
LAS TERMAS ROMANAS
Lugar de reunión social donde se acordaban muchos temas políticos, mientras se disfrutaba de los beneficios del agua, las termas eran un espacio característico de las ciudades romanas. Y, de igual manera, en Pompeya existían seis baños públicos, todos ellos repletos de pinturas eróticas. En estos centros públicos se disfrutaba también del sexo y las prostitutas ejercían sus servicios, al igual que en otros lugares de la ciudad. En uno de estos recintos, puede accederse a una de sus salas, donde se observa un inmenso mural en la pared, que simula un taquillero, con sus diferentes números (en la imagen). La única peculiaridad es que cada número tiene asignada una postura sexual. Tal vez, como eficaz truco para que los usuarios de los baños recordaran exactamente en qué casillero habían dejado sus pertenencias antes de entrar al agua. Otra interpretación es que fuera una sala donde se practicaran orgías o, de otra manera, donde los cuerpos pudieran compartir algo más que palabras.
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- Estan bien, pero no duran nada, yo las he usado dos dias y y...
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