Lolita, sensualidad virginal

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Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba.

Pero en mis brazos, era siempre Lolita...

Estas palabras muestran a la perfección el tierno sentimiento de Humbert Humbert hacia Dolores Haze, más conocida como Lolita. Una niña de doce años que conseguía, con su pura e inocente existencia, despertar las fantasías más eróticas de un hombre que le triplicaba la edad. Muchas han sido las versiones de lolitas que han existido en la historia de la literatura y del cine e, incluso, el término ha adquirido su propia entrada en los diccionarios. Actualmente, con el nombre de lolita se designa la sensualidad virginal de la adolescencia.

La adolescencia. Una silueta radiante de pureza, de fresca virginidad, de la inocencia de los primeros instintos carnales… ¿Quién no se torna nostálgico al pensar en esos años de magia, en los que se fantasea con el primer beso o el primer contacto con otro cuerpo? ¿Cómo puede alguien no sentirse vulnerable al observar ante sí un cuerpo donde todo se experimenta como nuevo, con las sensaciones a flor de piel? O, en otro ámbito, tal y como afirma Leda Rendón en su artículo Hard Candy. La rebelión de Lolita, publicado en la Revista de la Universidad de México: “Cuando vemos en la pantalla a un adulto siendo seducido por una jovencita que masca chicle y lee revistas de moda, las partes húmedas del cuerpo comienzan a fluir sin remedio y las opiniones, aun de los más reservados, pueden encontrarse divididas o quizá nubladas por el poder narrativo”.

Así le sucede a Humbert Humbert, al quedar totalmente prendado, el primer día en el que su mirada se cruza con la mágica expresión de Lolita, una guapa mujercita, de doce años de edad. En ese mismo momento, H.H. sabe que se casará con la madre de la chica para poder conseguir su objetivo de tener, para consigo, a aquella niña inocente. Abrumado por el parecido físico entre la adolescente y su primer amor, cuya muerte todavía le sigue atormentando, el profesor se enamora obsesivamente de Dolores Haze -conocida como Lolita-, inocente y seductora en todos y cada uno de sus gestos y movimientos. Lo que aún no puede intuir es que la situación se tornará de su contra, cuando la niña inocente se dé cuenta del deseo irrefrenable que despierta en él y de lo que ella puede adquirir a cambio.

A grandes rasgos, éste podría ser un resumen de la obra maestra de Vladimir Nabokov, Lolita, publicada por primera vez en París, el 25 de septiembre de 1955. Pero, desde su publicación más exitosa, -a partir de 1958, cuando Putnam’s la publicó en Estados Unidos- hasta la actualidad, muchas son las versiones y adaptaciones que se han hecho de la protagonista de la novela. En definitiva, el libro narra una historia que esconde varios conceptos existenciales, inherentes en todas las culturas, tales como la fragilidad humana, la nostalgia del pasado y sus recuerdos o el poder de seducción de la imagen de la virginidad. Por esa cercanía del argumento con las sensaciones más mundanas de los lectores, el personaje de Lolita ha calado hondo durante décadas hasta conseguir su propia entrada en los diccionarios. Bajo este nombre, se pueden encontrar la obra narrativa de Nabokov, dos versiones cinematográficas –una de Stanley Kubrick y otra de Adrian Lyne-, y un sustantivo propio. Según la RAE, además del título de la novela, lolita es una “mujer adolescente, atractiva y seductora”. En definitiva, este nombre esconde un concepto: La figura seductora (ya sea masculina o femenina), capaz de embelesar a un hombre y ser conocedora de la influencia que puede ejercer sobre él. O, en palabras del propio Nabokov, también llamadas nínfulas: “Entre los nueve y los catorce años surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, que les doblan o triplican la edad, su verdadera naturaleza, no humana sino de ninfas (es decir, demoníaca), a las que propongo llamar nimphets”. Una Lolita es un soplo de aire fresco, en un cuerpo adolescente, que despierta las fantasías de cualquier hombre adulto, a pesar de la diferencia de años y de la condición virginal de la niña. En boca de Humbert, el protagonista de la novela: “Hay que ser artista y loco […] para reconocer de inmediato, por signos inefables –la forma ligeramente felina de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas de ternura me prohíben enumerar-, el pequeño demonio mortífero que habita en las niñas. […] Y ahí está, inadvertida e ignorante de su fantástico poder”. Aunque, durante la novela, descubrirá que esta ignorancia no es totalmente real.

En Lolita se esconde la virginidad y también la belleza de la juventud. Tal vez por ello, resulte tan popular la fantasía de la colegiala, por lo que pueden encontrarse muchos disfraces para excitar a un hombre o a una mujer, vestida con una falda corta de cuadros y una escotada camisa blanca. En cualquier caso, al observar un rostro o un cuerpo joven, el ser humano tiende a sentir un cierto deseo, quizá, fruto de la nostalgia por esa época tan pura.

OPINIONES DIVERGENTES

No obstante, el mito Lolita ha despertado múltiples y diversas opiniones, algunas con determinados matices negativos. Según Jorge Garaventa en su artículo Nabokov, García Márquez y las lolitas tristes, “cuando hablamos de lolitas pensamos en aquellas niñas, apenas adolescentes que, forzando sus tiempos sexuales, se internan en el mundo de la seducción que creen dominar y del que normalmente se despeñan en un marasmo de tristeza y frustración al advertir la mezquina inscripción en la valoración del otro hacia ellas, cuerpos al fin cuyo disvalor avanza”. En su contra, la escritora italiana Pia Pera, dice de Lolita que “no era perversa, ni morbosa. Era fresca, verdadera, natural”. Pero también hay lugar para los indecisos, como Leda Rendón: “Bajo tales influjos, uno (el lector) puede no saber si estar de parte de la niña indefensa o del hombre que irremediablemente se deja llevar por aquel pequeño demonio que lleva colitas, falda corta y que, a la menor provocación, lanza miradas lascivas capaces de erizar hasta al más devoto”.

Y es que, han sido muchas las voces discordantes que se han dado sobre la historia de Lolita. Incluso el propio Vladimir Nabokov, en el epílogo, relata las múltiples y diversas opiniones de los lectores ante su obra: “Algunas reacciones fueron muy divertidas. El lector de una editorial sugirió que su compañía podía considerar la publicación si yo convertía a Lolita en un chiquillo de doce años al que seduciría Humbert, un granjero, en un pajar, en un ambiente agreste y árido, todo ello expuesto con frases breves, fuertes, ‘realistas’. […] …Un lector que hojeó la primera parte, describió a Lolita como ‘el viejo mundo que pervierte al nuevo mundo’, mientras que otro lector vio en ella a ‘la joven América pervirtiendo a la vieja Europa’”.

EL EFECTO LOLITA

También, tras la historia de Lolita y Humbert, algunos autores han visto la descripción de un caso de pederastia, entre la adolescente y su padrastro. Argumentan que, al morir su madre, la niña no se podía valer por sí misma y, en ningún caso, era libre de hacer su propia voluntad, por lo que se vio obligada a satisfacer el deseo del hombre.

No obstante, el personaje de la joven oculta una doble cara: La inocencia se va moldeando durante los capítulos para dar paso a la conciencia. Conforme avanzan los encuentros y contactos entre Humbert y Lolita, ésta se va dando cuenta de que su cuerpo y su inocencia pueden ser su mejor arma, dada la influencia que su sensualidad tiene sobre su padrastro. Y, una vez conocedora de ello, comienza a conseguir dinero de él, a cambio de favores sexuales. De hecho, el primer encuentro erótico viene de la mano de una proposición de la propia Lolita, la cual pilla desprevenido al hombre.

Y es que, en palabras de Jane Billinghurst, en su libro Mujeres tentadoras, “Lolita seduce con su mera existencia”, por lo que resulta humano que Humbert no pueda sucumbir a sus encantos femeninos. Ni él mismo logra controlar su cuerpo ante la joven: “¿Por qué su modo de andar […] me excita tan abominablemente?”, se pregunta Humbert cuando ve a Lolita. “La ligera sensación de que se me doblan las piernas. Cada vez que doy un paso siento las pantorrillas flojas y oscilantes”.

En cualquier caso, la mayoría de críticos coincide en el poder seductor y literario de la obra de Nabokov, una novela que no deja indiferente a nadie. En enero de 1956, Graham Greene incluyó Lolita entre “las tres mejores del año”, momento en el que se dispararon las ventas de sus múltiples ediciones.

Según Joaquín Leguina, en su artículo Lolita ya ha cumplido los cincuenta, lo que más destaca y sorprende de la novela de Nabokov es su estilo, “brillante y minucioso, por lo que no es casual que pase por ser el novelista del siglo XX con el estilo más depurado”.

El mismo autor aconseja, también, que “el buen lector debe usar una especie de microscopio literario si quiere degustar el cúmulo de detalles y alusiones que contiene la narración. Es probable, además, que Lolita sea, antes que cualquier otra cosa, una doliente historia de amor… Un amor no correspondido”. Y, si se sigue la recomendación o si, únicamente, el lector se sensibiliza con las reacciones y gestos de todos y cada uno de los personajes, será imposible odiar a ninguno de los protagonistas, ni mucho menos, ver en ellos una historia de cruel de pederastia, sino más bien al contrario. El regusto que queda al finalizar el libro es el de ternura hacia para con ellos, ante su debilidad, ante su vulnerabilidad, ante la fragilidad humana que demuestran a lo largo de la obra.

Y, no es de extrañar, teniendo en cuenta el ritmo y naturaleza de la propia narración, empleado con inteligencia y sensibilidad por Vladimir Nabokov. Cuando Humbert, al final de la obra, se reencuentra con Lolita, pasados los años y ya convertida en una preciosa matrona como lo fue su ex esposa, la descripción se torna sensible, por lo que el lector no puede, en ningún momento, quedarse con una sensación cruel de este personaje:

Me observó como haciéndose cargo del hecho increíble y, de algún modo tedioso, confuso, innecesario, de que ese valetudinario distante, elegante, esbelto, cuarentón, de chaqueta de terciopelo, que estaba sentado junto a ella, había conocido y adorado cada poro y folículo de su cuerpo. En sus ojos, lavados y grises, nuestros pobres amores se reflejaron un instante y fueron valorados y descartados como una cosa aburrida, […] como un pedazo de barro seco en el que se aterronara su niñez...



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